Visualicemos a Cristo en el sermón del monte diciendo:

 


 

“El que me quiera seguir no puede venir tarde o le cerramos la puerta”; “Las mujeres que me quieran seguir no se pueden pintar, y sus tùnicas tienen que tener estas medidas”; “El que me quiera seguir y no diezme, no tiene derecho a cobertura ni consejo”; “Por favor, las mujeres se sientan de èste lado y los hombres del otro”, etc. Cristo no fue “legalista”. Es más, nos ofreció desde el principio “libertad en el Espìritu” pues sus palabras fueron: “Si el Hijo de Dios os libertare, serèis verdaderamente libres” (Juan 8:36), y notemos algo, esto lo oyò, lo escribió y nos llegò a través del hombre que se recostaba en su pecho mientras Cristo predicaba, Juan el amado (Juan 21:20). Si estamos en un grupo en donde las normas establecidas son diferentes a las que Cristo nos diò (en la libertad del Espìritu), por muchos miles que haya en esa congregación, el Espìritu de Dios NO mora allí, entonces preguntamos: ¿Què estamos haciendo en un lugar en donde el Espìritu de Dios NO mora, no dirige, no consuela, no exhorta?. Meditemos.

 

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

 

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