Es tan evidente que no lo vemos.
Inmediatamente que Cristo termina de dar instrucciones a sus discípulos,
llegaron dos emisarios de Juan el
Bautista a decirle: ¿Pregunta nuestro maestro, si eres tú el que había de
venir, o esperamos a otro? (Mateo 11:1.3). Y Cristo, responde tan “ambiguamente”
como estaba acostumbrado a hacerlo (vea las preguntas y respuestas en Mateo
24:1-6; Marcos 13:3; Lucas 21:7), haciendo una reseña o explicación de todo lo
maravilloso que está aconteciendo a la vista de todos. Y luego expresa: “Nadie
en la tierra es tan “grande” como Juan el Bautista, pero ninguno en el cielo es
tan “pequeño” como él” (Mateo 11:11). En otras palabras la presentación de
quien lo había de anunciar, y, la grandeza del Cristo que esperaban eran TAN
evidentes, estaban TAN a los ojos de todos… que “pocos” se daban cuenta del
cumplimiento de las profecías (Malaquías 4:5-6). Exactamente lo mismo nos está sucediendo
en éstos últimos días. Si los ojos los tenemos puestos en un altar, en un
hombre, en una tradición o en las costumbres NO vamos a recibir discernimiento,
y NO veremos lo que ya es evidente ante nuestros ojos, de hecho, está
profetizado que pocos lo verán (Amos 3:5). Selah.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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