Nuestra es la confusión.

 


Daniel, hombre disciplinado, entregado a Dios y a sus asuntos “estudia atentamente” y busca a Dios en oración y ruego, y Dios le da la luz de lo que estaba sucediendo (Daniel 9:2-3). Así, Daniel descubre que era el hombre quien tenía confusión de rostro. Y Dios le muestra las razones: 1- No le buscaban para ver qué deseaba él, sino razonaban las situaciones, verso 3 y 8. 2- No le obedecían… sino más bien se rebelaban actuando según sus propios criterios, verso 6,9 y 10. Y, ¿cuál fue el resultado?  Sufrimientos como nunca los habían visto (Daniel 9:12). Hoy, estamos cometiendo los mismos errores del pasado. ¿Cuál será el resultado? Pues el mismo que en tiempos de Daniel: NUNCA será hecho debajo del cielo nada semejante a lo que viene (Mateo 24:21; Marcos 13:19 y Lucas 21:23). Tenemos que dejar de pensar y decir: “La ciencia dice”, “Los científicos han demostrado”, “La experiencia muestra”, “Las estadísticas aclaran”, “La mayoría no puede estar equivocada”, etc. Porque el Espíritu dijo: “Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio según las normas de esta época, hágase ignorante para así llegar a ser sabio” (1ª Corintios 3:18). Entendamos, NUESTRA es la confusión no de Dios.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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