No era una voz… era LA voz.

 


Es un placer platicar con otras personas, quizás ahora por el encierro mundial de la pandemia lo podemos apreciar más. Y es más agradable cuando conocemos a ese  alguien. Pues, dados los tiempos como decían las abuelitas, desconcierta hablar con alguien y no saber quién es, lo que ha sucedido siempre, veamos un ejemplo. La biblia nos narra un pasaje precioso en la resurrección de nuestro Cristo. Una mujer llega al sepulcro y no encuentra allí el cuerpo de su amado, se pone triste, y habla con una persona que ella cree era el hortelano (el jardinero de la huerta) y le pregunta desconcertada: ¿Señor, si tú te los has llevado, dime dónde lo has puesto?. Entonces ella no oye “una” voz sino oye “LA” voz que le dice: ¡MARÍA!. Ese tono, esa ternura, ese amor, ese momento… cambia la historia. ¡No es una voz de hortelano la que escucha… sino “LA” voz de “SU” Maestro! (Juan 20:15-16). Nosotros NO necesitamos oír una voz, necesitamos oír “LA” voz, “SU” voz para ser transformados como lo fue María.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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