¡Oh almas adúlteras!

 


Cuando pensamos en adulterio, luego nuestra mente corre a pensar: ¿Con quién o con cuántas o cuántos se acostó ésta persona?.  Pero recordemos, “adulterar” no solamente implica un hecho inmoral o carnal también implica cambiar el estado original de algo, como mencionamos alguna vez podemos poner el ejemplo de: “bautizar” la leche echándole agua como se dice en el argó (vocabulario) ganadero, porque eso, es adulterar el estado original de la leche. Pues bien, el apóstol Santiago nos confirma ésta verdad al decirnos: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?... ¡Oh, almas adúlteras! (Santiago 4:4). Continúa diciéndonos que el Espíritu que Dios ha puesto a morar en nosotros nos anhela celosamente (verso 5). El celo de Dios no es como el de los hombres que encierra a la persona para que no vea ni hable con otros u otras; el celo de Dios es para que él sea todo en y para nosotros teniendo nosotros libertad, que en nuestro corazón no haya un altar a una persona, a un bien u otro tipo de distracción teniendo nosotros libertad (Isaías 42:8). No darle el primer lugar a Dios en nuestro corazón (llámese esto personas, animales o cosas) repetimos, teniendo libertad es adulterar contra Dios, y eso, él lo considera como pecado grave (Deuteronomio 20:3).

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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