Al ahorcado no se halan los pies.
Nuestro padre durante las comidas nos contaba muchas historias y
anécdotas de su precaria niñez, entre ellas nos narraba cómo, cuando nuestra
abuela murió, la familia los alejó a él y sus hermanos y no pudieron tener nada
de la herencia, razón por la cual su niñez y las de nuestros tíos fueron tan
difíciles. A raíz de eso, él se convirtió en una persona “dadivosa y
desprendida” y nos enseñó que: “Al ahorcado no se halan los pies, sino se le
carga”. No sabíamos nosotros que con el tiempo, al hacernos creyentes
encontraríamos exactamente esos mismos pensamientos en la biblia. El libro de
Abdías nos dice en su único capítulo verso 13: “No debiste haber entrado por la
puerta de mi pueblo… ni haber echado mano a sus bienes en el día de su
calamidad”. Es una falta grave delante de Dios abusar de una persona, pero lo
es más grave aún si esa persona está en estado de calamidad. Dios nos exhorta a
que: “El que tiene bienes de éste mundo y ve a su hermano tener necesidad, y
cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? La conclusión del asunto es éste: ¡No podemos
darnos el lujo de llamarnos creyentes… si no tenemos el “amor fraternal no
fingido” de dar sin esperar nada a cambio”.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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