Como
ya vimos, el profeta Jeremías, al ver la determinación de Jehová por enviar
cautivo a un pueblo que escuchando la voz de su Dios NO quiso oírla y menos
obedecerla, sufre al grado de parafrasear: “Mejor, ya no deseo ser tu portavoz,
ya no me acordaré de ti Señor, pero, hay en mi corazón como un fuego ardiente
metido en mis huesos, traté de sufrirlo, y no pude” (Jeremías 20:9). Ojalá, y
en estos últimos días de la humanidad tal
y como la conocemos hoy, encontremos a esas “voces que claman en el desierto” (que anuncian lo
mismo: cautiverio y no prosperidad) (Juan 1:23). Esas voces que nos anuncian lo
por venir con un corazón entristecido y sufriente, porque hablan verdad en
nombre de su Dios. Repetimos, ojalá las queramos escuchar.
Que sufren más bien violencia por decir lo contrario de lo que los
falsos líderes predican. Por esos Jeremías y Ezequieles, que se levantan cada
mañana en silencio y en anonimato a clamar cabeza gacha, por un pueblo necio,
autosuficiente, afanado, que, teniendo la oportunidad de ver la luz… preferimos
la oscuridad (Mateo 24:37). Señor: ¡Perdónanos, porque NO sabemos lo que
hacemos!
Señor:
Danos un honesto celo por tu casa.
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