Como el barro en la mano del alfarero.

 


 

 

El profeta Jeremías era un hombre común y corriente como cualquiera de nosotros, y no entendía, el por qué, los sufrimientos propios o de las personas. Entonces el Señor le dice: “Levántate, y ve a casa del alfarero y allí te hablaré” (Jeremías 18:2). En efecto, Jeremías se levanta y va, al llegar observa cómo el alfarero amasa una y otra vez el barro hasta formar lo que él había planificado hacer (Jeremías 18:4). Es allí cuando Dios le explica al profeta lo que quería que aprendiera: “Acaso no podré yo hacer como éste alfarero, oh casa de Israel” (Jeremías 18:6). A lo largo de cuatro décadas en el recorrido del evangelio, hemos visto cómo la doctrina de la prosperidad ha sido un “estorbo” en la caminata de muchísimos creyentes. Tanto así, que TODOS están en medio del desierto, en medio del calor del día, en medio de grandes decepciones y frustraciones, y aún le siguen creyendo a sus seudo líderes que la caminata del creyente se trata de “declarar” mejores situaciones; de “reclamarle” a Dios una mejor vida pues somos sus hijos; de “decretar” puntos de vista que casi siempre van en contra de los PLANES que Dios tiene para cada uno de nosotros. La pregunta que se les puede hacer a esas congregaciones es: ¿Acaso, Jehová, no podrá hacer como ese alfarero en nuestras vidas, siendo que precisamente, decimos pertenecerle? Meditemos.

 

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.  

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