Ni los pueblos impíos cambiaron a sus dioses.

 


La preparación de la sentencia sobre su pueblo la presenta Dios diciéndoles: “Ni siquiera los pueblos impíos cambian a sus dioses, aunque no son dioses, como vosotros lo habéis hecho” (Jeremías 211). “Hoy, estamos en las mismas”. La iglesia de Dios se ha llenado de gentes que hemos olvidado todos los beneficios que Dios nos ha dado, y damos por sentado que como hijos de Dios “merecemos” todo y de todo, y como no es así, entonces cambiamos a nuestro Dios por pequeños dioses. Ya no vemos la iglesia o la congregación como un centro de adoración verdadero a Dios, sino como un medio de sobrevivencia; llegamos a comerciar nuestros productos; llegamos a divertirnos o entretenernos con música no sacra ni agradable a Dios sino al hombre; llegamos a ver cómo solucionamos nuestros problemas con la mano humana y no esperando la intervención divina; llegamos buscando una varita mágica que acabe con nuestras angustias; llegamos a buscar el mejor consejo humano y no el de Dios. Sí, hemos cambiado a nuestro Dios por otros dioses, y el único resultado será el mismo: Cautiverio, frustración y decepción.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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